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El debate

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junio 26, 2011

José Dávalos*

Qué importante resulta el debate de las ideas. En el debate se informa al público sobre las propuestas de cada uno de los participantes. También es el método por excelencia para darle elementos de juicio al auditorio para que defina su conducta a seguir. El resultado de la lucha de las ideas en la polémica es una hermosa síntesis dialéctica. El debate ayuda al público a orientar su opinión, a decidir su actitud ante una cuestión determinada.

La humanidad conquistó un gran avance cuando estructuró un sistema de comunicación oral. Luego creó la oratoria como el arte de transmitir ideas por medio de la palabra. La oratoria como la más alta expresión de la palabra hablada. La oratoria no palabrería hueca, sino mensaje con ideas.

La polémica, especie del género oratoria, es un proceso ordenado. Previamente se acuerdan los temas, el lugar, el día y la hora de la deliberación, los turnos para intervenir, la duración de cada participación. También se decide quién será el moderador, personaje clave en el debate, se encarga de repartir el uso de la palabra, marca los tiempos, y llama al orden, cuando es necesario, a los participantes o al público.

En el debate es fundamental el factor tiempo. Hay que considerar que las intervenciones, así como las réplicas y las contrarréplicas, van a estar medidas con cronómetro. El orador necesita saber repartir el tiempo de sus intervenciones para cubrir tres aspectos: exponer su mensaje, impugnar los principales cuestionamientos que se hagan a sus planteamientos, y criticar de manera sólida la posición de sus adversarios.

Quien participa en la polémica ha de hablar con conocimiento de lo que está diciendo; se puede improvisar el discurso, pero no hablar improvisadamente. Quien participa en el debate ha de hacerlo con entusiasmo; el mensaje que impacta al auditorio va de corazón a corazón. Nadie hace caso a una exposición sin sabor, sin calor, sin energía. La calumnia, la ofensa, el insulto no tienen cabida en la polémica. El orador necesita evitar caer en la provocación. No contestar la agresión con otra agresión. La injuria daña más a quien la dice que a quien va dirigida, se asemeja al bumerang. Quien participa en el debate va a la tribuna a esgrimir ideas y debe hacer caso a  su propósito.

En el debate político se suelen abordar cuestiones personales de los participantes que tienen que ver con su origen, con su formación profesional, con sus convicciones, con su trayectoria, con su actuación pública. Hay que estar preparados para esas circunstancias. Recordemos aquel sabio adagio: Haz lo que haces, lo que haces hazlo bien. El orador fue invitado a un debate de ideas, no a intervenir en una pelea de box o de lucha libre. Es necesario entrar de inmediato a la exposición de ideas.

Con el auxilio de la radio y la televisión el auditorio es real y puede ser enorme, pero no se le tiene a la vista, es necesario imaginarlo y hablar como si se estuviera ante la gente. En la televisión el orador está siendo observado por el auditorio, que está en la imaginación del orador aunque no lo ve. ¿Por qué no hablar a los operadores en la sala, verlos a los ojos, como si se estuviera hablando ante el auditorio? Pruébelo, pronto verá los buenos resultados. Cuando se está hablando por la radio hay que tener en cuenta que la pronunciación, la vocalización de las palabras, los gestos, los ademanes, la actitud del orador imprimen plasticidad, vitalidad, a lo que se dice. La cascada no para en la noche porque nadie la está contemplando.

Cabe advertir que con frecuencia en el debate no se hace un análisis objetivo de los hechos. Hay ocasiones en que el orador lleva un interés  determinado. Pese a todo, el orador ha de proceder con buena fe. Recordemos que la verdad tiene fuerza propia, es el mejor recurso con que cuenta el polemista; la mentira tiene piernas cortas. En la polémica no se trata de sorprender o de engañar al público, se trata de convencerlo con argumentos, se trata de motivarlo, de persuadirlo. El público es el centro del interés. En el debate jamás se busca convencer al adversario, o al menos no es ese el objetivo; el empeño ha de estar dirigido a convencer, a impulsar al auditorio.

En el debate las ideas son la médula del discurso; pero al mismo tiempo el orador necesita tacto, sentido común y carácter. Es necesario no mostrar temor ni enojo, es necesario mantener el temple para no dar armas al adversario. Cómo da pena cuando un ataque personal pesa tanto en el orador, que lo distrae y lo confunde, de tal modo que hasta ahí llegó su discurso.

En el debate el tiempo es breve, no hay que desperdiciarlo en ataques personales.

* Dr. en Derecho y Ex Director de la Facultad de Derecho de la UNAM

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