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Comunicarse, barrera a vencer de los sordos

23 de enero de 2019

Sorda de nacimiento, Aranza rompe el silencio con sonidos guturales que salen de su garganta, en un esfuerzo por comunicarse con los demás. Luego, el lenguaje de señas suple el intento de las palabras que se niegan a salir de su boca.

En el salón de clases sobresale un pizarrón con el lenguaje de señas. Sentados en los mesabancos los alumnos sonríen entre ellos, al tiempo que hojean sus cuadernos y se preparan para la clase.

Con el apoyo de Evelyn Vidaña como intérprete, Aranza señala: “No poder comunicarme con todas las personas, no poder entablar conversación alguna con quien no sabe el lenguaje de señas, resulta desesperante tanto para mí como para la persona con la que deseo o necesito comunicarme”.

Entre ellos, los intérpretes no son necesarios, en su pequeña comunidad el lenguaje de señas es suficiente para conversar sobre su día a día, sus clases, sus maestros, sus amigos, para despejar dudas, además de compartir sus experiencias y aventuras del día anterior o del fin de semana.

Afuera la situación es otra. Un intérprete hace la diferencia para ser alguien, para estudiar, para aspirar a un mejor nivel y calidad de vida, considera la joven de 21 años.

“Es una lucha constante por comunicarnos con otras personas, porque nos entiendan y den un espacio en el que todos seamos iguales, sin que haya cuestiones que nos hagan a un lado, que nos excluyan, que se convierta en una ayuda mutua, para que ellos nos entiendan y nosotros también los entendamos”, explica.

La estudiante del nivel preparatoria refiere que los obstáculos parecen a veces insuperables, pero advierte que “el no poder escuchar y hablar no será suficiente para detener mis ganas de lograr lo que quiero”. Por ahora su meta a corto plazo es terminar la preparatoria.

Vestida con pants azul marino y blanco, Aranza no distrae su mirada de las manos de la intérprete para entender bien la pregunta, y explica, entonces, lo difícil de “su mundo” en donde el silencio es el principal obstáculo para desenvolverse en la vida.

“El ser independiente es lo que más anhelo, pero dentro de un entorno que muchas veces parece rechazarnos; cuesta trabajo, mucho trabajo”, refiere.

Mientras tanto, a un costado de la dirección, en el pequeño patio del Centro de Atención para Sordos “Centro Clotet”, ubicado en la colonia Narvarte Poniente de la Ciudad de México, el movimiento rápido, exacto de las manos y dedos de los alumnos, son prueba de la convivencia entre ellos.

En el pasillo del pequeño patio de recreo, tres alumnos se divierten con un juego de cartas. De pronto uno de ellos levanta los brazos en señal de triunfo, pero el festejo es interrumpido por un profesor que desde las escaleras los invita a regresar a los salones de clase.

Aranza recuerda que cuando sus padres se enteraron que su hermana gemela y ella eran sordas, en un principio se negaban a aceptarlo, pero fue su madre, quien luego de aceptar su condición, trató de informarse de todo lo relacionado con la sordera para poder ayudarlas y apoyarlas.

Después de cada pregunta que a Aranza se le plantea, el silencio acompaña a la respuesta; luego, la voz de Evelyn convierte las señas en palabras.

“Recuerdo que mi mamá se dedicó a la búsqueda de libros y de toda clase de información sobre las personas sordas. Ella quería saber qué hacer, cómo tratarnos, cómo comunicarse con nosotras. Estaba muy preocupada, no comprendía ni entendía por qué a sus hijas les había pasado esto”.

Entonces Aranza y su hermana se convirtieron en su prioridad, y cuanto libro leía la madre de las gemelas que le pudiera ayudar, se los daba a ellas también para que aprendieran elementos sobre su condición.

“La vista es el sentido que más he desarrollado, y gracias a los ojos puedo ser un poco más independiente. Cuando me desplazo sola por las calles de la Ciudad de México, lejos de casa y de la escuela, lo que hago es checar que por donde camino sea seguro, que todo está en orden y bien”, comenta.

Con una sonrisa que no se borra de su rostro, Aranza relata que cuando nacieron sus padres no sabían que no escuchaban, porque los médicos al revisarlas les aseguraron que todo estaba bien.

Sin embargo, dijo, para ellos no todo estaba bien, en el fondo sabían que algo no andaba bien, y en su momento surgieron los problemas y supieron que no escuchaban.

“Nosotras comenzamos a estudiar en una escuela común y corriente, pero no porque mis padres no se interesaran por nuestra condición, sino más bien porque la desconocían”, aclara la joven.

Al igual que Aranza, para Fernando, de 18 años y sordomudo de nacimiento, lo más importante es encontrar la forma de comunicarse con los demás. La condición en la que nacieron los obliga, incluso, a inventar su propio lenguaje, sin reglas, sin escuela, sólo con las ganas de darse a entender.

Serio, siempre erguido, perfectamente peinado y con un pants impecable, el joven comenta en su lenguaje que sus hermanos y padres, y gran parte de su familia, siempre les ha interesado comunicarse con él.

Orgulloso presume que todos los días sus dos hermanos aprenden una seña nueva, y entonces la conversación se vuelve más amplia, más concreta, más emocionante y satisfactoria para los tres.

“En casa la convivencia es pareja, sobre todo de mucho respeto. Mi meta es la universidad. Quiero ser un profesional en el dibujo y haré todo lo posible por conseguirlo”, indica Fernando.

Por su parte, el director del Centro Clotet, Adolfo Villaseñor, menciona que en la mayoría de las ocasiones los niños llegan a escuelas especializadas sólo con un lenguaje mímico casero, que es muy diferente al lenguaje de señas mexicanas.

Sentado en su escritorio, explica que para los sordos el español escrito es una segunda lengua, lo que se convierte en una educación bilingüe. La primera lengua para ellos es la de señas, su lengua materna, y la segunda es el español escrito, muy diferentes entre sí.

“Les cuesta mucho trabajo, porque si ellos mandan un mensaje como si estuvieran pensando en su lengua de señas, entonces saldría un mensaje incompleto que no se entendería”, declara el directivo.

Por ello requieren aprender, y el nivel académico para la mayoría de la comunidad de sordos apenas llega a la preparatoria.

La misión es que el niño o adolescente salga con un aprendizaje para la vida, pues un papel que acredite una profesión no les va a ayudar, y la verdadera lucha para ellos es que en todos lados se les permita contar con un intérprete.

Pulso Político On Line/ Notimex/ Foto: Internet

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